Foto Jose Olcese / PNUD Perú

 

En lo que va del año, las emergencias y los desastres han afectado 15 regiones del Perú, poco más de la mitad del territorio, dejando un importante saldo de personas afectadas, servicios básicos e infraestructuras dañados y medios de vida impactados. A diferencia de años anteriores, a estas emergencias, hoy se suma la pandemia del COVID-19.

Por la alta vulnerabilidad que presenta la población, a lo que se suma la diversidad de la geografía del país, clima, entre otras características; el Perú vive diversas situaciones de emergencias o desastres y una constante recuperación. Hace poco menos de tres años, miles de familias atravesaron el Fenómeno El Niño Costero de 2017, que dejó un estimado de 3 100 millones de dólares en pérdidas a nivel nacional, y cuyos efectos son aún son visibles para estas.

Así estos desastres y emergencias no son ajenos a esta pandemia. De hecho, tan solo en las dos primeras semanas desde que se decretase el aislamiento obligatorio para aplanar la curva de la propagación de la COVID-19, el Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI) atendió más de 32 emergencias en todo el país. Emergencias y desastres que en estos tiempos de pandemia nos recuerdan que vivimos en constantes riesgos y, por ende, tenemos que gestionarlos.

Estas emergencias, además de evidenciar las precariedades que muchas veces están allí y se ocultan tras lo cotidiano, también visibilizan los aspectos que podemos mejorar. Esta emergencia sanitaria no es la excepción y demanda que para recuperarnos afrontemos todas y todos estos desafíos con mayor creatividad. 

Desde el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) venimos apoyando al país a enfrentar sus múltiples escenarios de desastre y emergencia en los últimos años; no solo a través de la preparación, sino también reduciendo la vulnerabilidad, reforzando las medidas de prevención y logrando que la recuperación apunte al progreso de las personas. 

En esta nueva coyuntura, por eso, reiteramos nuestro compromiso para contribuir con los esfuerzos del país y atender esta nueva emergencia en lo inmediato, proteger a quienes ya se encontraban en un proceso de recuperación de otras crisis, y sobre todo aprovechar esta oportunidad para ir mucho más allá hasta la resiliencia. 

Si bien en el corto y mediano plazo tenemos que promover estrategias, tanto para responder a las necesidades iniciales de las personas más vulnerables, como para garantizar su recuperación; esto debería ser bajo el marco de la acción sin daño, es decir, sin generar un aumento de la informalidad, la pobreza y la inseguridad alimentaria que esta crisis podría generar. 

Pero además de atender la emergencia y dar una respuesta oportuna y adecuada, debemos reconocer que esta pandemia constituye una oportunidad inédita para corregir los problemas actuales y evitar generar nuevos a largo plazo. Se trata así de, en paralelo y tempranamente, pensar y proyectar la recuperación de una sociedad afectada en su salud y en su economía, asumiendo el desafío de no restaurar las condiciones de fragilidad previas para recuperarnos en mejores condiciones.

Así, retomar a lo que nos parecía “normal”, o que entendemos como “normalidad”, no debe ser el futuro esperado, pues corremos el riesgo de caer nuevamente en las condiciones que nos llevaron a esta y otras tantas crisis en el pasado.

Tenemos que ir más allá de esta emergencia. Esta pandemia, con todos sus efectos negativos, nos abre una oportunidad para empezar a trabajar en una “nueva “normalidad con resiliencia”. 

Desde PNUD resaltamos la importancia y necesidad de gestionar los riesgos y promover estrategias de alcance inmediato, pero con una visión planificada desde la cual se atienda un problema bajo una integralidad de soluciones. Esto implica pensar en reducir las vulnerabilidades previas que nos llevaron a estos escenarios, enfocando todos nuestros esfuerzos en dinamizar la economía familiar, pero evitando incrementar la informalidad; reducir las brechas en torno a salud y el acceso a los servicios básicos, pero sin incrementar los riesgos; es decir, diversas medidas que permitan asegurar, ante todo, el bienestar de la sociedad en su conjunto, reduciendo brechas y desigualdades. Esta es una oportunidad sin precedentes para lograr de una vez por todas estos cambios positivos, duraderos y orientados a un desarrollo con resiliencia sin dejar a nadie atrás.

 

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